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jueves, 2 de marzo de 2017

La Bailarina (cuento)

LA BAILARINA.

1- La guerra de las hormigas.

            La bella bailarina predestinada para la belleza en el arte de la danza, nació en la ciudad de Río Branco, el 11 de febrero del año 1983. Un buen día, su madre le contó una curiosa historia, sobre un pueblo honorable y un valeroso soldado, héroe de guerra.

            Todo comenzó una tarde veraniega, un domingo, hace mucho tiempo en un país llamado Lomania. En una casona de campaña, un par de niños nórdicos estaban jugando en el patio, haciendo castillos con la arena de la obra de un galpón, que estaban construyendo.
            De pronto notaron que un montón de hormigas se dirigían hacia la casona de la estancia. Los niños investigaron desde dónde provenían las hormigas, caminando unos cien metros hacia el oriente; entonces llegaron a un terreno arenoso, que tenía forma de cráter y en el centro del mismo, se encontraba un gigantesco hormiguero de metro y medio de altura y alrededor de cuatro metros de diámetro. Parecía un volcán hawaiano que estaba a punto de entrar en erupción.
            El más pequeño de los niños, quien se llamaba Lorient y era bastante gordo, se le ocurrió la mala idea de tirar una piedra hacia el gigantesco hormiguero. Las hormigas interpretaron ese “cañonazo” de piedra como una declaración de guerra hacia su reino, al cual le llamaban Formicidia.
            El volcán de hormigas entró en erupción y un montón de hormigas salieron despavoridas, pero a la vez muy enojadas. Eran hormigas bastante grandes, casi del tamaño de una tarántula, eran de color negro grisáceo y poseían unos amenazadores colmillos afilados. Las hormigas se dispusieron a atacar a los niños, para picarlos y tirarlos al suelo con sus venenos, hasta dejarlos inconscientes y luego devorarles la carne. Se trataban de hormigas muy peligrosas y enfadadizas, paganas y despiadadas, que eran capaces de devorar vacas muertas enteras en tan sólo una noche.
            Gracias a Dios, los niños lograron huir y se refugiaron en la casona; pero allí, había más hormigas, las cuales les estaban robando todos los alimentos que ellos tenían en la despensa al lado de la cocina. Los niños, quienes eran hermanos, llamaron con desesperación a su madre (su padre estaba trabajando en unas praderas alejadas del campo), la cual se encontraba en la huerta cuidando de sus verduras y frutas, y se sorprendía cómo las mismas se encontraban carcomidas por insectos. Por supuesto, ¡habían sido las hormigas de Fomicidia!, aunque ella no tenía ni idea.
— ¡Mamá, mamá, mamá!—gritaron los niños.
— ¿Qué pasa Lorient?, ¿qué pasa Hurgiemt?—
— ¡Nos invaden las hormigas!, mamá—exclamaron los niños al unísono.
—Ya lo veo…—dijo la mujer de rubios cabellos y ojos verdosos, mientras notaba cómo una hilera de hormigas caminaba sobre la tierra de la huerta.
            Así comenzaba pues, la terrible guerra contra las hormigas. La mujer y los dos niños, hicieron todo lo posible para defenderse de la invasión de las hormigas, cerrando todos los huecos posibles que encontraron en la casa y lanzando insecticida por todas partes. La mujer, quien se llamaba Ásynja, fue a cuidar su pequeña beba de seis meses de edad, quien sesteaba en una cuna de su habitación, mientras a la vez, ordenó a su hijo Hurgiemt que fuera a buscar a Balder, el padre de ellos.
            El señor Balder Borikj arribó pronto a la colonial y vetusta casona, y se unió a la guerra contra las hormigas. Trajo consigo a unos peones: dos hombres barbudos y cuarentones, y un hombre calvo y forzudo, que también era barbudo. Así lograron derrotar parcialmente a las hormigas, pero ya vendría un segundo ataque, muchísimo peor, con miles de millones de terroríficas y amenazantes hormigas. No tuvieron tiempo de intentar atacar el castillo de las hormigas—el gran hormiguero con forma de volcán—sino que sólo pudieron reforzar sus defensas, pero al final todo fue inútil.
            Incluso hasta hubo una baja y un peón barbudo cayó en un pozo y fue devorado vivo por las carnívoras hormigas asesinas. Fue terrible.
            La casona fue tomada por las hormigas y todos huyeron hacia la azotea, llevándose consigo todo lo que pudieron cargar. Subieron y se trancaron allá, con la vana esperanza de que las hormigas—una vez que robaran todos los alimentos—se aburrieran de la casa y se retiraran. No fue así; las hormigas vinieron para quedarse y decidieron que la casona sería su nueva colonia.
            Cuando todo estaba perdido y parecía no haber más esperanza para la familia Borikj, y todos rezaban con fervor, llegó el Ejército Imperial al rescate. Pero, ¿cómo se habían enterado de lo sucedido?
            Lo que sucedió fue simplemente que un pajarito amarillo que casualmente pasaba por allí, mientras los niños jugaban en la arena, observó todo lo sucedido y en virtud de su bondad intrínseca—además de que por razones personales, detestaba a las hormigas—decidió volar lo más rápido que pudo hacia la ciudad y llamar al batallón más cercano de soldados, para enfrentarse a las hormigas.
            El pajarito le cantó una canción bélica al mayor líder del batallón y éste comprendió el mensaje (porque era un hombre muy sabio que conocía el idioma de los pájaros). Así fue entonces como el batallón número 55 del Ejército Imperial llegó al rescate de la familia Borikj y gracias a sus tanques de guerra y fumigadoras de alta potencia lograron derrotar a las hormigas, lanzando al final, una bomba de napalm en la colonia con forma de volcán. Así cayó pues el Reino de Formicidia, y las hormigas sobrevivientes se fueron bien lejos y nunca más molestaron a la familia Borikj.

2- El héroe aprisionado.


            Sin embargo, ese pequeño mal sólo había el preámbulo para un mal muchísimo peor, por el cual pasaría el Imperio de Lomania. Se trataba de la invasión de unos hombres bárbaros que se hacían llamar los “demostrados” o a veces también los “variados”; dichos hombres eran muy malvados y querían vengarse de Lomania, porque ésta había invadido a Chalonia. Pero ¿por qué Lomania había invadido Chalonia? Simplemente porque unos años antes, Chalonia le había robado territorios a Lomania y ésta simplemente se limitó a recuperar lo que era suyo por derecho.
            Además, habían dos grandes enemigos a los que se tuvo que enfrentar Lomania: uno externo, que controlaba un poderoso imperio en oriente y que se llamaba Komunassia; y otro interno, quien parasitaba todos los reinos de sistema planetario Pleuropa, y que se auto-denominaban como los “chousen-guanes”.
            Éstos habían conspirado durante siglos para dominar a todo el sistema Pleuropa, pues como su nombre lo indica, ellos se creían los “elegidos de Dios”; pero ciertamente no eran los elegidos del Dios cristiano Uno y Trino, sino de un dios maligno denominado Orpedix, también conocido como el Dramaturgo, por unos sectarios siervos de los chousen-guanes, llamados los lampones.
            Pasados varios siglos, los chousen-guaeas habían logrado establecer un imperio en Oriente bajo su completo dominio y ese imperio era ni más ni menos que la poderosa Komunassia. Ésta alegaba que todas las personas tenían que ser iguales, que la propiedad privada era un robo y que la religión era el mal de los pueblos. Ciertamente esa filosofía era intrínsecamente perversa y debía ser combatida por las fuerzas de la luz. Entonces países buenos como Lomania, Listeria y Lempaña, decidieron unir fuerzas para enfrentarse al Imperio del mal formado por Komunassia, los chousen-guanes y los lampones.
            Por eso entonces, es que Lomania había invadido Chalonia. Pero como los chousen-guanes y sus fieles siervos los lampones habían infestado como parásitos muchos países buenos y cristianos, ellos degeneraron sus sociedades, pudriéndolas con el virus del igualitarismo, y así surgieron los “variados”, quienes por mezquinos intereses no titubearon en declararle la guerra a Lomania y a sus aliados.
            La familia Borikj pasó muchas penurias durante la guerra, pero al final lograron escaparse hacia Pingland y vivieron tranquilos allí, luego de la guerra.
            Infelizmente Lomania perdió la guerra, junto a todos sus aliados. Lomania fue ocupada y muchos soldados lomanes fueron hechos prisioneros en campos de concentración. El señor Tlik von Strauss había sido un héroe lomán de guerra, pero que irónicamente había sido acusado por los cínicos ‘variados’ como un “criminal de guerra”.  Él era un hombre alto, ectomórfico, de cabello castaño y ojos verdes, todavía bastante joven, de veintiséis años de edad, sin arrugas notorias en la cara, pero que se sentía cansado y envejecido, como si tuviera más de cincuenta años.
            El tiempo pasó y un día, mientras el señor Tlik estaba preso, fue visitado por una maestra oscura y un grupo de escolares ‘variados’.
—Miren—dijo la maestra, indicando hacia el pobre von Strauss, quien estaba en su celda, tras las rejas, sentado en su cama, con cara de perro triste y enjaulado. –Este hombre es malo, este hombre es un asesino y genocida, que piensa que las personas somos diferentes y que existen personas superiores e inferiores. Este hombre es uno de los que quería dominar a todo el mundo y esclavizarnos a todos.
            El señor von Strauss estaba indignado con tantas mentiras y tergiversaciones que decía aquella maestra fea de piel oscura y ojos negros. Él sabía que él era un hombre bueno, quien había luchado por la libertad de su pueblo, y sí, por un mundo mejor donde todos podamos ser diferentes y libres, pues todos somos en verdad diferentes, y que cada uno sea superior o inferior, en virtud de sus méritos; pero nada que ver con pretender dominar al mundo o esclavizar a la humanidad. El cinismo de aquella maestra era increíble, puesto que quienes en verdad querían esclavizar a toda la humanidad eran los chousen-guanes; ellos por el contrario, abogaban por un mundo libre y justo, donde la verdad, la belleza y el bien prevalecieran. Pero de todos modos, el señor Tlik no la culpaba del todo, puesto que aquella mujer era víctima de su propia ignorancia, producto de la mentira de la propaganda impartida por el sistema de los vencedores.
            Dos horribles niños de alrededor de diez años, uno negro que parecía carbón y otro amarillo que parecía papel envejecido, lo miraron fijamente al hombre con una mirada de odio.
— ¡Usted es un asesino!—gritó el negrito de rapada cabeza.
— ¡Usted es un genocida!—agregó el amarillo de ojos rasgados.
—Así es—interrumpió un guardia de la prisión, quien era un veterano soldado con el casco embutido en su cabeza y un pucho de cigarrillo a medio terminar colgando de su boca—Veo que ustedes son niños muy inteligentes, pues ese hombre es muy malo y no se ha arrepentido de sus crímenes. ¿Qué creen que deberíamos hacer con él?—.
—Deberían dejarlo morir—dijo un niño.
—Deberían matarlo—dijo otro.
—Deberían azotarlo—dijo un niño con un turbante en la cabeza— ¡Y luego matarlo!—agregó.
            La maestra asintió con la cabeza, en señal de aprobación y con satisfacción por enseñarles a los niños una “buena lección”. El señor von Strauss no pronunciaba ni una palabra y seguía sentado en el borde de su cama, impasible, pues ya estaba acostumbrado de esas estúpidas visitas guiadas. Estaba resignado a envejecer allí y morir firme en sus creencias y su santa fe cristiana, y ya no tenía la más mínima esperanza de escaparse de esa terrible prisión.
            Pero entonces ocurrió algo increíble; una bella niña, de cándida mirada, piel blanca y hermosa como la nieve y la escarcha juntas; cabellos lacios, largos, castaños y brillosos, ojos color miel, y sobre todo, de un alma pura y compasiva, fue la luz en medio de toda aquella oscuridad. Fue todo un grito contra la tiranía y la opresión, fue una voz disidente en medio del discurso unánime; fue la manifestación más pura de la independencia y la auténtica libertad de pensamiento, fue la piedad encarnada en la voz inocente de una niña, fue la justicia sabia, recta y ciega, que se manifestó a favor del inocente. Ella era la señorita von Ninz y sería la abuela de la bailarina, de la mejor bailarina de ballet clásico que jamás se hubiera visto en la ciudad de Río Branco. Ella dijo: 
            —Observo a este pobre hombre tras estas rejas y entre esas frías paredes, veo unas fotografías pegadas en la pared, al lado de la cama, de quienes parece que eran su familia, su mujer y sus hijos. Veo la tristeza en sus ojos y no entiendo cómo él pueda ser una mala persona—.
            El guardia ‘variado’ mostró una mirada de indignación, junto a la maestra y a los demás alumnos. El héroe de guerra prisionero, alzó la mirada y miró a la niña, su pequeña abogada defensora. Estaba muy sorprendido y agradecido.
— ¿Pero qué dices niña tonta?—esputó la maestra— ¿Acaso crees que ese hombre pueda ser bueno? ¿No ves que es un asesino?
—Sí—dijo un estudiante.
— ¡Sí, que eres tonta!—exclamó el niño negro.
—Tonta sí… ¡pero defensora de criminales!—acusó con el dedo un niño narigón, de una nariz tan grande, que Pinocho se hubiera parecido a gato persa comparado con él.
—Sólo pienso que deberíamos escuchar la versión de este hombre… Es decir, su versión de la historia… Tal vez él nos pueda explicar por qué está aquí…—
—Ja-ja-ja—río el guardia— ¡Pero que niña tan tonta y difícil de entender las cosas! Este hombre está aquí porque es un asesino de Lomania, un país asqueroso repleto de bárbaros, discriminadores y retrógrados, que querían dominar al mundo—.
— ¡Así es!—exclamó la maestra.
            — ¡Mentiras, puras mentiras!—interrumpió el prisionero intempestivamente y dejando por un momento a todos en silencio.
            La niña buena y “tonta” (muy inteligente en verdad), se sintió muy feliz, por alguna razón extraña que no lograba comprender y llegó hasta esbozar una sonrisa. El hombre vio brillar los ojos de la niña y ella vio brillar los de él; luego de tantos años, el hombre, el antiguo héroe de guerra, había vuelto a renacer, había dejado de ser un muñeco polvoriento encerrado en un galpón y había vuelto a ser un hombre, deseoso de ser libre y gozar de la vida.
— ¿A ti quién te pidió opinión?—preguntó el guardia al prisionero, con mucho desprecio y un profundísimo odio.
— ¡Vámonos de aquí!—exclamó la maestra, mientras hacía señas para reagrupar a sus alumnos y alejarse del prisionero, antes de que éste estallara de indignación, rabia y lo peor de todos para ellos: esperanza, que era lo que le había quitado, pero que aquella niña se la había devuelto como si fuera por arte de magia, una magia muy blanca y hermosa.
—Yo no soy malo, pequeña. Gracias por defenderme, ¡créeme! Yo soy bueno, yo luché por la libertad y por la justicia. Soy cristiano, creo en Dios, soy como tú… Piensa por ti misma, no dejes que te engañen, sé libre, ¡y gracias, muchas gracias por devolverme la esperanza!—profirió el señor von Strauss, mientras todos se alejaban y la maestra arrastraba a la niña consigo. La niña no alcanzó a decir más nada, no pudo hacerlo, algo se lo impidió. Quizás no pudo ordenar las palabras en su mente, para lograr decir algo coherente; pero sin embargo, siguió mirando al héroe hasta el final; deseosa de creerle todo a él…Y se lo creyó. Ella supo la verdad, ella lo descubrió todo.

3- El ave que escapó de su prisión.

            El pajarito que no le gustaban las hormigas y le había avisado al mayor del batallón número cincuenta y cinco, se encontraba aprisionado en una jaula, siendo alimentado por un malévolo carcelero de piel enmohecida y mirada fría.
            Pero un buen día, el pajarito pudo escaparse de la prisión, porque una buena niña le destrancó la jaula, sin que el carcelero se diera cuenta. Esa niña fue la misma que había visitado al héroe encarcelado en el campo de concentración, con su maestra de quinto grado y sus compañeros de clase; y ella lo volvió a hacer, pero esta vez sola.
            Una tarde tranquila de fin de semana, ella les dijo a sus padres que iría a jugar a la casa de una amiga y sus padres se lo permitieron, pensando que era cierto, pero era mentira. Ahí fue cuando ella se dirigió a la prisión para visitar al señor Tlik von Strauss y los guardias la permitieron entrar, pues ella les mintió también, aseverando que era sobrina de él.
            El señor von Strauss, quien estaba sentado leyendo un libro que él siempre lo escondía debajo de su almohada para que los guardias no se lo quitaran, se alegró de ver a la niña de nuevo; guardó su libro, se levantó de la cama y se acercó a las rejas.
— ¿Qué haces aquí en este lugar horrible?—preguntó él.
—Pues quería oír tu historia completa, sin interrupciones—confesó ella.
— ¡Ah! ¿Y qué quieres saber exactamente?
—Quiero saber por qué estás aquí. No pareces un criminal…
—Bueno, en esta cárcel creo que no hay ningún criminal, sino prisioneros de guerra; aquellos que perdimos la guerra—explicó von Strauss.
— ¿Y ustedes eran los buenos en realidad, verdad?—inquirió la niña.
—Así es, eso es ciertísimo. Sólo que ellos mienten y dicen lo contrario; ellos hacen toda clase de calumnias contra nosotros y son muy cínicos, porque dicen que nosotros somos criminales y en realidad, ¡ellos lo son!...—continuó explicando el soldado.
—Vaya, ¡en verdad ellos son muy malos!—interrumpió con indignación la señorita von Ninz—Tú y tus amigos, deberían estar libres y los carceleros son los que deberían estar presos.
—Gracias por defenderme, pero aún no sé cómo te llamas.
—Ah, sí, disculpa que no me he presentado todavía. Me llamo Kimberly von Ninz.
—Y yo soy el capitán Tlik von Strauss und Jerpemriekj, y me encerraron aquí porque combatí en la guerra defendiendo fervorosamente este nuestro país, que ahora está ocupado por esos invasores.
—Mucho gusto en conocerlo señor von Strauss.
—Y yo a ti, señorita von Ninz. Sabes, tú me has devuelto la esperanza, pues pensé que ya nadie querría escucharme…Un montón de maestras han venido aquí, mintiéndoles a los niños, diciéndoles que nosotros quienes luchamos por defender nuestra sangre y nuestro suelo, somos unos malvados criminales, cuando en realidad es todo lo contrario. Ellos nos han ocupado y masacraron a muchos de nosotros y ahora quieren lavarle el cerebro a los niños, a las futuras generaciones, para que así, todo lo bueno que hicimos quede en el olvido y todo el mundo se crean sus mentiras—prosiguió explicando el hombre.
— ¡Es indignante, señor von Strauss! Yo ayer, después de las clases, quise averiguar algo más sobre ustedes, nuestros antiguos soldados. Entonces entré a la biblioteca de la ciudad y la curiosidad me llevó a un lugar oscuro y apartado. Allí supe que lo que sentí luego de verte ayer, era totalmente cierto; allí encontré un libro viejo, que explicaba cómo ustedes eran los buenos que querían mejorar a la humanidad…
—Mmm…Me alegro que te guste leer—interrumpió el hombre.
—Sí, me dio curiosidad por saber más de usted—dijo ella. Entonces, él le dio la espalda, se dirigió hacia su cama y sacó debajo de su almohada el libro prohibido que con tanto esmero lo ocultaba de los guardias.
—Tengo algo para ti, niña. Espero que te guste—le dijo él y le mostró el libro con cuidado. Se trataba de un libro viejo, pequeño, con tapa bastante dura y con unas letras rojas y góticas en la tapa, que decían: “La liberación”.
— ¿Me lo prestas?—preguntó la niña sorprendida y emocionada.
—Te lo regalo, si quieres. Ya me lo sé casi de memoria. Verás que es un libro muy bello, lleno de hermosas ideas; pero ten cuidado, porque está prohibido.
—Lo entiendo—dijo la niña y ocultó el librillo dentro de su vestido grisáceo y polvoriento. Y agregó: —Muchas gracias señor von Strauss… Sabe qué, luego de ir a la biblioteca y llevarme en secreto ese viejo libro de historia, hice algo importante esta misma tarde, antes de venir aquí.
— ¿Y qué fue eso?—.
—Liberé un pajarito que lo tenían encerrado en el despacho de uno de los bibliotecarios.
— ¿En serio? ¿Y por qué lo hiciste?—.
—Porque él no se sentía bien allí encerrado. No me pareció justo que él estuviera encerrado y por eso lo liberé de su jaula y salió volando por la ventana…Y eso mismo pienso hacer con usted.
— ¿Qué?—preguntó el hombre sorprendido.
—Sí, pienso ayudarlo a escaparse de la prisión. Aguarde unos días más y verá. ¡Usted será libre!—explicó la niña, quien ya estaba maquinando un plan en su tierna mente.
—Pero eso es muy arriesgado. Mejor no lo intentes. Yo ya me he resignado a morir aquí, pues sé que cuando muera iré al cielo—le dijo el hombre.
—Lo sé, sé los riesgos, pero creo que vale la pena intentarlo—dijo la niña y se fue rápido de allí, diciéndole “Adiós” al hombre y sonriéndole.
—Adiós pequeña—dijo él—Y gracias por todo—murmuró.
            Los días pasaron, la niña leyó el libro prohibido, un poco cada noche, hasta que cuando lo culminó de leer se convenció del todo de las ideas de aquel encerrado héroe de guerra. Entonces, decidió poner en marcha su plan; y lo hizo.
            Regresó a la prisión a visitar a su “tío” y sin que ningún guardia se percatara le dio una llave especial, la cual podría abrir casi todas las celdas.
—Harán un gran revuelo, y en el mismo tú te podrás escapar—le explicó la niña al señor von Strauss.
—A eso se le llama motín—dijo él.
—Pensé que motín era lo que hacían los marineros contra su capitán—dijo ella.
—Sí, eso también es—aclaró él.
—Ahora me iré de aquí—mencionó la niña—Y por la noche, tú podrás huir con la llave, liberarás a todos los presos que puedas y también te traje un mapa.
— ¿Un mapa?—.
—Sí, es un mapa de la prisión—dijo la niña, mostrándoselo y entregándoselo. –Lo usarás para huir de la prisión sin problemas y tus amigos podrán llegar al depósito de armas, para robarlas, o mejor dicho, recuperarlas. Después nosotros todos juntos recuperaremos toda Lomania, expulsaremos a todos los ocupadores y ¡volveremos a ser libres!—.
—Suena maravilloso—dijo él—Esta misma tarde, le explicaré en el patio, a unos amigos míos aquí de la prisión. Ellos me ayudarán a huir.
—Perfecto—dijo la niña. –Después de escaparte, ven a mi casa. Te dejé mi dirección anotada en el mapa. Mis padres te ayudarán a huir del país, para que puedas recuperar fuerzas, reorganizar nuestro viejo ejército y luego liberaremos toda Lomania.
—Así haremos, pequeña—dijo él y agregó en voz baja y alzando con discreción su diestra mano: ¡Viva la victoria!—.
— ¡Viva la victoria!—sonrió la niña y se fue.
            Todo fue preparado por el capitán von Strauss, esa misma tarde en el patio de la prisión; y por la noche, se realizó el motín. Mientras los guardias dormían, ellos se escabulleron de sus celdas, gracias a la llave especial—que vaya a saber dónde y cómo la había conseguido aquella inteligente niña—y sorprendieron a los guardias atacándolos. Fue un motín violento y sangriento, pero al final, muchos prisioneros lograron huir, muchos soldados del viejo ejército imperial, quienes habían sido injustamente encarcelados tras los juicios de Wremptemberg. Entre ellos, huyó el capitán Tlik von Strauss, quien consiguió un arma de fuego y se escapó de la prisión por una ruta segura.
            Para cuando los guardias sonaron la alarma—una vieja campana ruidosa—ya era demasiado tarde: muchos prisioneros se habían escapado. Así había comenzado pues, la primera etapa de la rebelión en contra de los ocupadores.
            El episodio que ocurrió en aquella prisión, pronto se repetiría en todos los campos de concentración de Lomania, donde se encontraban encerrados los soldados del viejo ejército imperial. El antivirus salvador que una niña inteligente había inoculado, se dispersaría por todo el antiguo imperio y lo terminaría liberando con el tiempo. Y así fue.
            Pero al principio fue difícil. Von Strauss fue a la casa de la niña y se encontró con sus padres, quienes lo ayudaron a huir del país. Fuera del mismo, él hizo todo lo posible por reorganizar un ejército de liberación, recaudando fondos y dando conferencias que condenaban la ocupación extranjera de Lomania.

4- Poco a poco fue creciendo.

            Agustina Lindzer se había casado con el señor Ulises von Ninz, en el año 1982, en la catedral de Miklania, y un año después nació su única hija, el día 11 de febrero y ella fue bautizada en esa misma catedral con el nombre de Serafina Sulplia Lourdes von Ninz und Lindzer.
            La pequeña Serafina, desde pequeña mostró tener habilidades para la danza y sus padres la mandaron a aprender ballet, cosa que la niña disfrutó mucho. La señora Lindzer, un día le contó a su hija, la historia de sus antepasados; y por eso le contó cómo el capitán Tlik von Strauss conoció a la niña que le devolvió la esperanza y lo ayudó de escaparse de la prisión, para luego iniciar una rebelión en contra de las fuerzas de ocupación.
            Años después de que von Strauss huyó de la Lomania ocupada, él decidió cambiar de nombre para que no lo identificaran y se llamó Tilasius Stravislaoz. Cuando logró reunir un gran ejército de liberación, regresó a Lomania y se reunió con la resistencia lomana a la ocupación, y así se inició la guerra por la liberación de Lomania. Después de mucho esfuerzo, Lomania logró liberarse de la ocupación y hasta llegaron a derrotar—con el tiempo—a Komunassia, a los variados, a los chousen-guanes y a todos los enemigos de Lomania. Muchos komunassianos y chousen-guanes, sin embargo, huyeren hacia el sector más oriental y oscuro de la galaxia de la mermelada, lo más lejos posible del sistema Pleuropa.
            Pero lo primero que hizo el señor Stravislaoz cuando retornó a Lomania, fue encontrarse con la señorita von Ninz, quien tenía dieciséis años de edad. Con el tiempo se enamoraron y se casaron. Estaban destinados a estar juntos.
            Tuvieron muchos hijos; entre ellos Ulises von Ninz und Stravislaoz-Strauss, quien por una razón de legalidad complicada mantuvo el apellido de su madre en primer lugar y el nuevo apellido de su padre unido al viejo apellido, a través de un guión, y en segundo lugar. Finalmente, de la unión matrimonial de Ulises y Agustina nació la bailarina.
            Todo eso le contó su madre, pues quería que ella siempre recordara con orgullo la historia de sus antepasados. Y se lo contó cuando la bailarina tenía siete años y ya estaban los von Ninzs, viviendo en el planeta Verdis.
            Al día siguiente, por una macabra jugarreta del destino, ocurrió la desgracia: los padres de Serafina fueron asesinados por unos insurgentes verdis. Se trataban de unos copadores que irrumpieron en el hogar de ellos, mientras todos estaban durmiendo, durante la temprana mañana de un dominical día. Ulises y Agustina intentaron resistirse al robo, pero fueron asesinados a sangre fría, siendo decapitados frente a los ojos de la pequeña Serafina, quien se había escondido en el ropero de la habitación. Aquella espeluznante visión fue traumática para ella y no pudo hablar durante nueve meses.
            Ellos eran colonos que habían venido de la Tierra, para asentarse pacíficamente en Verdis. Desde muy pequeña, la niña había sido inscripta en una academia de danza de la ciudad de Hoksed, donde ellos residían. Allí, la niña demostró su talento en el ballet clásico, fue feliz y sus padres estuvieron muy orgullosos de ella.  
Pero un terrible día, de un momento para otro, sus padres habían sido asesinados. A partir de ese día—y no antes—ella odió a los verdisinos. Ese día, marcó un antes y un después. Cuando los colonos terrícolas arribaron a Verdis, lo hicieron pacíficamente y respetaron sus territorios; los colonos fundaron ciudades, pues los verdisinos vivían en aldeas; los colonos construyeron iglesias, escuelas, hospitales, comercios, bancos, teatros, cines y muchas casas, instalaron vías férreas, puertos y aeropuertos, construyeron carreteras, caminos, calles, fábricas, molinos, represas y muchas cosas más; en pocas palabras trajeron la civilización a Verdis.
            No sólo construyeron cosas para ellos, sino que incluso les construyeron casas decentes para los verdisinos, quienes vivían en chozas de barro y paja, en el medio de la jungla; los educaron con sus maestros y los evangelizaron con sus misioneros. Les sacaron de la ignorancia, enseñándoles a leer, escribir y hacer cálculos; les enseñaron su lengua, su cultura, la ciencia, la religión, la moral y las buenas costumbres. Muchos verdisinos quedaron agradecidos por ello.
            Sin embargo, por alguna malévola razón—si es que puede llamársele “razón” a la maldad—no todos los verdisinos estaban contentos. Pese a la gran generosidad de los colonos terrícolas—llamados “grises”—muchos verdisinos les tenían envidia a los colonos, pues los colonos tenían gran poder, controlaban el comercio, la industria y la cultura; y además, muchos verdisinos no querían convertirse al cristianismo y querían seguir sumidos en la ignorancia del paganismo y la idolatría. Eran personas retrógradas y malévolas, opuestas al progreso y a las sanas doctrinas; eran personas que estaban bajo el influjo de la violencia y la impiedad. Esa clase de persona, comenzaron pues a agredir a los colonos, acusándolos de “invasores malvados” y “opresores”; y esa clase de personas fueron las que asesinaron a los padres de la pequeña Serafina.
           
            Luego del fallecimiento de Ulises y Agustina, Serafina fue cuidada por sus abuelos paternos—Tilasius y Kimberly—quienes también se habían mudado hacia Hoksed.
            Con el tiempo la niña recuperó el ánimo de bailar y continuó yendo a las clases de ballet. También la animó el hecho de que luego de los incidentes contra familias de colonos, comenzaron a ser entrenados soldados para defender las colonias; y además, otros soldados llegaron de otros planetas, incluyendo la Tierra.
            Un día, la bailarina, una linda niña de cabello castaño, ojos marrones y piel bien blanca, se topó con el señor Giuseppe Rimontti y conversó un poco con él, pero no mucho, ya que él estaba apurado por irse de Verdis e infelizmente no pudo oír toda su historia; no se enteró de la verdad, sino que regresó a la Tierra, creyendo que los colonos eran los malvados que estaban oprimiendo al pueblo verdisino. Nada más lejos de la realidad.
            Ese día, luego de conversar con el señor Rimontti, bajó por un tobogán gigante, desde un altillo del palacio central hacia la sala de baile. Había llegado un poco tarde a la clase. Allí se encontró con sus compañeras y su maestra de danza.
Pronto comenzaron a bailar, ensayando para una obra nueva que presentarían en el teatro en el siguiente mes.
A las seis de la tarde culminó la clase y Kimberly fue a buscar a su nieta del palacio central. Poco después de que ambas llegaran a su casa, alguien tocó el timbre. El señor Tilasius fue a atender y se trataba de un hombre de estatura mediana, complexión delgada y cabello negro; era el detective de la colonia.
—Buenas tardes señor—saludó el detective, vestido con un impecable uniforme gris—. Soy el detective Gilberto Contreras. Nos enteramos de que su hija habló con un extraño esta tarde; alguien que es sospechoso de un crimen.
—Buenas tardes oficial—contestó el anciano—. Pero permítame decirle que en primer lugar no es mi hija, sino mi nieta y en segundo lugar, ella no suele hablar con extraños.
—Bueno, disculpe; pero sí se la ha visto hablar con un extranjero, el cual por error llegó a la colonia y ha cometido el crimen de unirse con los rebeldes. Robaron un helicóptero y se dirigieron hacia el noreste—.
— ¿Cómo por error llegó hasta aquí?—preguntó el anciano sorprendido.
—Eso es información reservada, señor. ¿Podría hablar con su nieta? Ya que ella fue testigo, necesitaría hacerle algunas preguntas.
—Está bien, pase—dijo el anciano y le abrió la puerta, permitiéndole pasar.
            El detective ingresó por un breve hall y luego llegó a la sala de estar.
—Siéntese—le indicó el anciano y el detective se sentó. Justo en ese instante arribó la señora Kimberly a la sala y preguntó: — ¿Qué sucede? ¿Algún problema oficial?—.
            El detective se puso de pie y saludó a la mujer, explicándole la situación. Ella le ofreció un café y el detective aceptó. Además ella fue a buscar a su nieta, para que contestara las preguntas importantes que le tenía que hacer el detective. Mientras tanto el señor Tilasius conversó un poco con el detective, intentando tener alguna novedad sobre la situación bélica en la colonia.
            Al minuto y medio ingresó Kimberly con su nieta (quien se había ya sacado el vestido de baile y estaba vestida con una ropa común de los años 1950, como la mayoría de la gente en esta otra dimensión), y en breve el detective comenzó a hacerle las preguntas y realizar notas en su pequeña libretita de tapa negra.
— ¿Cuál es tu nombre, pequeña?
—Mi nombre es Serafina Sulplia Lourdes von Ninz.
— ¿Cuándo naciste? ¿Y dónde?
—Nací el viernes 11 de febrero del año 1983, a las quince horas, en la ciudad de Río Branco, Cerro Largo, República Oriental del Uruguay, planeta Tierra, sistema solar, galaxia…—
—Sí, sí, en la Vía Láctea—interrumpió el detective.
—Así es, pero no recuerdo en qué universo—dijo la niña pensativa.
—Bueno, fue en el universo fuerte número dos, pero eso no importa mucho para esta investigación que estoy realizando—acotó el detective Contreras y agregó al instante: —Así que por lo que tengo entendido, eres bailarina… ¿No me digas que “poco a poco fuiste creciendo”?—.
—Bueno, aunque no le guste señor, así es. Yo antes era pequeña, recuerdo cuando tenía cuatro años, yo era más baja; ahora como verá soy más alta y espero seguir creciendo—explicó la niña.  
—Ah, ya veo. Yo me refería que si has ido creciendo en el arte de la danza—aclaró el detective.
—Claro que sí, ¿por qué piensas que crecería en un solo aspecto de mi vida? A mí me gusta crecer en todos los aspectos—dijo la niña, cruzando los brazos.
—Ya veo, pequeña…Pero recibí la información de que estuviste conversando con un enemigo de la colonia…
— ¡Yo jamás hablaría con los malos!—exclamó Serafina.
—Tal vez sí, pero no supiste quién era en realidad. ¿Hablaste con un extraño esta tarde?—.
—Sí—dijo la niña, un poco avergonzada.
— ¡Pero Serafina! ¿No te dije que no debes hablar con desconocidos?—intervino el abuelo.
—Lo siento abuelo—se disculpó la niña.
—Bueno…—prosiguió el detective. –Necesitaría saber qué hablaste con ese desconocido, y qué aspecto tenía exactamente.
—Bueno, era un hombre joven, medio alto, con aspecto de italiano, aunque hablaba en español…
—Ya veo—interrumpió el detective—Pero, ¿cómo era su rostro? ¿Qué color de ojos, nariz, cabello?—.
—Tenía la cara ovalada, más o menos, ojos grandes de color azul, nariz común diría yo…Así parecida a la mía—describió la niña, y al decir lo último, se tocó la nariz.
— ¿Cabello corto o largo?
—Corto.
— ¿Y de qué color?—.
—Negro, creo.
—Ya veo, ¿y qué te dijo? ¿De dónde venía?—.
—Del mismo lugar que yo: de la Tierra y de Río Branco.
— ¿Te dijo su nombre?—.
            La niña pensó un poco antes de contestar: —Sí, pero no me acuerdo…
—Intenta recordar. ¡Es importante!—indicó el detective Contreras. En ese instante llegó la abuela con una taza de café.
—Aquí tiene el café—señor detective.
—Muchas gracias, señora—agradeció él. La mujer le trajo también un café a su marido y se sentó al lado de él, para oír el interrogatorio.
—Mmm…Creo que me dijo que se llamaba Rimontti…Giuseppe Rimontti, creo que era.
— ¡Muy bien! Esa información nos será muy útil—celebró Contreras. –Pero, ¿qué te dijo además de su nombre? ¿Hacia dónde se dirigía? ¿Y por qué robó un helicóptero y se alió a los rebeldes?—.
— ¡Eso último yo no sabía!—exclamó la niña. —Él no me dijo nada acerca de robar un helicóptero ni mucho menos de aliarse con los malvados rebeldes. Yo recuerdo que le dije acerca de mis padres, que fallecieron…
—Ya veo—interrumpió el detective. –Veo que era un hombre realmente malvado, que no se conmovió por el fallecimiento de tus padres. Lo siento, pequeña… ¿Algo más que recuerdes?—.
—Mmm…Sí, al final él subió por la enfermería del edificio y huyó por la azotea. Yo no me di cuenta de que era malo y por eso le dije cómo huir… Lo siento mucho—se disculpó ella.
—No te preocupes, pequeña. Eres una niña inocente, hiciste lo que pudiste—.
— ¡Eso te pasa por hablar con extraños!—exclamó el abuelo.
—Sí, Serafina. Obedece a tu abuelo y no vuelvas a hablar con desconocidos, al menos claro, ¡que seamos policías!—agregó el detective. —Gracias a todos, por vuestra cooperación. — dijo levantándose y se despidió de todos, no antes, de culminar de beber su café de forma veloz.
            Pasó el tiempo… Y al mes siguiente, las cosas mejoraron para los colonos, pues el ejército logró neutralizar a la mayoría de los rebeldes nativos. Llegó el momento de la participación de las bailarinas de ballet en una importante obra de ópera en el teatro central de Hoksed. La obra se llamaba “De tu interés, estoy escribiendo”, y a partir de ese momento todo comenzó a mejorar para Serafina y para la colonia; de hecho, esa fue la obra que la lanzó a la fama, como una gran bailarina.
            Poco a poco fue creciendo y se convirtió entonces en una famosa bailarina; luego se enamoró del señor Kursilvius Borikj, descendiente de Lorient Borikj, quien fuera un gran combatiente en la guerra contra las hormigas. Serafina se casó en el año 1999 en la iglesia matriz de Hoksed, con Kursilvius, quien era actor de teatro y de cine, y había nacido en Betelgeuse, capital de la Confederación de Orión, en el año 1977. Dos años después Serafina culminó la secundaria y entonces ambos decidieron mudarse hacia la capital de Orión.
            Para esa época, Kursilvius y Serafina habían tenido un hijo varón, y por otra parte, ya había estallado la guerra del Quinto Supremo Ultra Imperio Saurésrico de Neoneosaurolandia (del cual todos ellos formaban parte) contra el Supremísimo Supremo Imperio Juapímtico. La guerra había comenzado el 14 de noviembre de año 1999, tan sólo un mes después de que Serafina y Kurisilvius se habían casado.

5- La guerra gris. 

            Luego de casarse, Serafina tuvo que encargarse de cuidar de su hijo y del hogar, y por eso suspendió por un tiempo su carrera de bailarina. Eso fue uno de los motivos, por el cual se mudaron hacia Betelgeuse, un lugar tranquilo en cuanto estaba muy alejado de la guerra, pero a la vez muy bullicioso y ajetreado puesto que era una importante metrópolis de la galaxia de la mermelada.
            En el año 2001 fue cuando Serafina reinició su carrera en el baile, pero además de eso comenzó a actuar en películas, gracias al apoyo de su marido. Pero en ese mismo año 2001, ocurrió algo terrible para Serafina y su hijo Cirilo: el señor Borikj había decidido irse a pelear en la guerra en el Ejército Confederal de Orión, en contra de los juapímticos.

            La noche del lunes 10 de septiembre de 2001 y la madrugada del martes 11, fue la última noche juntos de Serafina y Kurisilvius, antes de irse a la guerra, pues a la mañana siguiente, se levantaría a las cinco de la mañana, para dirigirse hacia la base militar número catorce de Betelgeuse. Y así fue entonces.
            Esa noche Serafina tuvo un sueño terrible y a la vez extraño: su marido iba a la guerra y moría en la nave dirigiéndose hacia el planeta Taperas, para detener a unos juapímticos que iban a destruir un puesto avanzado orioniano de allí. Moría, pues esa nave era atacada por una nave exterminadora juapímtica, que los atacaba de forma repentina y no había sido detectada en el radar.
            Pero extrañamente, luego del velatorio y el entierro de Kurisilvius, en el cual la señora Borikj lloró desconsoladamente, cuando ella se encontraba en casa, cuidando a su hijo, la fue a visitar un hombre muy anciano, de despeinados cabellos blancos y con cierto parecido con Albert Einstein. Dicho hombre le dijo que había una solución para salvar la vida de su marido; ella pensó al principio que aquello se trataba de una broma de muy mal gusto, pero después aquel hombre, quien era un científico desquiciado y un vendedor loco, le mostró la máquina del tiempo: se trataba de un Volkswagen escarabajo de color negro.
Él la invitó a ingresar al mismo, para dar una vuelta y ella aceptó, no muy convencida, aún sin creer del todo que aquel vehículo fuera capaz de viajar en el tiempo. Entonces, como una prueba de que aquella máquina realmente funcionaba, el científico demente encendió el vehículo con la llave y comenzó a conducirlo, al inicio, de forma igual que un automóvil. Pero luego llegó a una velocidad increíble, el vehículo salió volando por los cielos, y salió del planeta; superó la velocidad de la luz, la velocidad ridícula y la velocidad absurda, la velocidad de mi tío, la velocidad de mi abuelo y la velocidad que superaba las rayitas y dejaba una larga tela cuadriculada como estela.
Serafina vio pues, a los fotones correr lo más rápidos que podían—a más de trescientos mil kilómetros por segundo—y que aun así quedaban atrás; observó en el espacio-tiempo, una extraña estructura multicolor que parecía un arcoíris.
— ¿Qué es eso?—preguntó Serafina. — ¿Acaso es el “bifröst”?
—Bueno sí, los antiguos le llamaban así, el puente entre los nueve mundos… Pero la ciencia moderna le llama “el eje del tiempo”—acotó el científico loco.
            Pasaron entonces, por ese eje del tiempo, ingresaron en una especie de agujero de gusano o puente de Einstein-Rosen y un montón de luces parpadeantes marearon a Serafina, de tal modo, que le hizo perder el conocimiento. Cuando lo recobró, el vehículo con forma de Volkswagen había aterrizado en un descampado de altos pastos, rodeado por un espeso bosque tropical.
— ¿Dónde estamos?—preguntó Serafina.
—La pregunta no es dónde, sino cuándo—aclaró el científico—Estamos en Betelgeuse, pero hace mucho tiempo atrás: en la época de los dinosaurios.
— ¡Esto no puede ser!—exclamó Serafina en su asombro y justo en ese instante, vio a través del parabrisas del vehículo, una gigantesca ave voladora surcando por los cielos.
— ¿Qué es eso?—preguntó sorprendida la mujer.
—Eso es un sultiélago—contestó el científico—Es una especie de murciélago gigante arcaico.
— ¡Wau! ¡Es increíble!... ¿Podemos bajar del vehículo?—.
—Sí, por supuesto—dijo el científico sonriendo.

            Se bajaron del Volkswagen y Serafina pudo comprobar que todo aquello era real. Tocó el pasto alto, que le daba casi hasta la cintura; sintió la brisa moderada, que mecía su negro vestido de luto y respiró hondo, degustando aquel aire tan puro y cálido que había allí. <<Este lugar es hermoso>>, pensó ella. << ¿Qué lástima que Kurisilvius no está aquí conmigo?>>
            El científico la notó pensativa y entonces presentó su oferta: — ¿Estás pensando en todo lo que podrías hacer con esta máquina del tiempo? Imagina hacia todos los lugares y todas las épocas que podrías viajar, con tu hijo y con tu marido…
— ¿Cómo así? ¿No se enteró que mi marido falleció?
—Lo sé, lo sé… ¿Pero no se da cuenta, señora? Usted podría con esta máquina viajar en el tiempo, justo a la época anterior a que su marido muriera ¡e impedir que eso suceda!—le explicó el científico.
—Tiene razón…—dijo ella y tragó saliva. — ¡Eso sería fabuloso!—exclamó.
—Sí, yo pienso venderte esta máquina, pero a cambio debes entregarme algo que sólo tú posees—dijo el científico y esbozó una sonrisa maliciosa.
— ¿Y qué sería eso?—indagó la mujer, un poco asustada.
—Nada muy importante…. Yo soy un hombre que no tiene grandes ambiciones—dijo el científico con un tono de cierta ironía—Y menos a mi edad avanzada, como podrá observar. Sólo quiero una cajita pequeña y gris, que guardaba tu marido…
— ¿Usted lo conoció?—preguntó ella con sorpresa.
—Así es… Pero eso fue hace mucho tiempo; sé que él tiene esa caja, escondida en algún lugar de la casa. No es importante para usted, sólo es importante para mí, se lo aseguro… Es algo muy sentimental, que él me quitó y daría todo por recuperarlo—explicó el anciano.
            Ella asintió y aceptó el trato. El mismo fue sellado con un apretón de manos. Regresaron al año 2001 en Betelgeuse y efectuaron la compra-venta. Además de la pequeña cajita gris—que el señor Borikj la tenía oculta en el sótano—Serafina le tuvo que pagar una pequeña suma simbólica de dinero. Así obtuvo la máquina del tiempo y el científico se fue contento, casi saltando en una sola pierna de alegría.
            Con dicha máquina, Serafina regresó al tiempo anterior a que su marido falleciera y le impidió viajar, convenciéndolo de que se quedara en casa, porque si no moriría. Entonces él vivió, fueron felices y tuvieron muchos hijos e hijas, hasta que un día, se oyó un estruendo en la ciudad y todos se enteraron de que un científico loco había liberado un poder increíble y con ello, había creado un monstruo fosforescente, que se estaba tragando el alma de todas las personas.
            << ¡Qué he hecho!>>, pensó Serafina en ese entonces y de repente, el monstruo fosforescente y eléctrico, atacó su casa y pulverizó a su marido y a todos sus hijos, enfrente a sus ojos y la dejó a ella viva. –Noooooooooooooooo…—gritó ella y se despertó gritando de aquella terrible pesadilla. Eso sorprendió a su marido, quien ya se había levantado y estaba vistiendo su uniforme.
—Cariño, despierta, despierta—
— ¡Kurisilvius! ¡Estás vivo!—exclamó ella.
—Sí, claro que sí. Aún no me voy a la guerra; ya te iba a llamar, para despedirme tuyo, pero te oí gritar y vine corriendo. Veo que tuviste una pesadilla—dijo él.
—Cierto, tuve un sueño muy extraño y muy terrible fue el final—dijo ella y a continuación le contó todo su sueño, con lujo de detalles y luego le exhortó: -Por favor amor, no vayas a la guerra, porque vas a morir en viaje a Taperas. ¡Por favor, no vayas! No quiero perderte—.
—Y no lo harás—replicó Kurisilvius. –No creo que vayamos a ir a Taperas…Y además, eso fue sólo un sueño…No tiene por qué suceder.
— ¿Y si sucede?—preguntó ella con voz temblorosa.
—Entonces me iré…—suspiró él.
—No, no puedo aceptar eso… Por favor, no me dejes sola… No puedo cuidar a Cirilito yo sola—suplicó ella.
—No te preocupes, siempre estaré contigo… Además no creo que vaya a morir. Cuando llegue al campo de batalla, estará guerra de seguro estará casi terminada—dijo él y la besó en la boca y la abrazó.
            Ella lo abrazó con fuerza, sujetándolo para que no se fuera, pero él se deslizó suavemente, dio media vuelta y comenzó a marcharse.
— ¡Por favor!, ¡por favor!—clamó ella sollozando. –Prométeme al menos, que pase lo que pase, no irás a Taperas.
            El hombre se dio vuelta y dijo: —Te prometo que haré todo lo posible para volver con vida, pero no me pidas que te prometa algo que quizás no pueda cumplir—Dicho eso, se fue, pasando por el dormitorio de su hijo y dándole un beso en la frente, mientras éste continuaba durmiendo.
            Así el señor Borikj se fue a la guerra, pero no murió. Tampoco fue a Taperas, porque no lo mandaron allí. Quizás si hubiera ido a Taperas, entonces sí habría muerto. Serafina estaba convencida de que aquel sueño era una premonición y quedó muy contenta al enterarse de que su marido no viajaría a Taperas. De hecho, el mismo Kurisilvius tenía un poco de miedo de que lo mandaran a Taperas. Pero no fue así, gracias a Dios.
            Sin embargo, el señor Borikj tardó diez años en regresar de la guerra (la cual aún no terminaba, pero le dieron un descanso), y para entonces su hijo ya era un niño de diez años. Durante todo ese tiempo, ellos se habían comunicado por teléfono y videófono amtórtico, que era un aparato que servía para comunicarse a través de largas distancias en la galaxia y entre los universos.
            Serafina y su hijo estaban muy felices de reunirse con Kurisilvius, después de tanto tiempo. En todo aquel tiempo, Serafina jamás había hablado con nadie acerca de la misteriosa “cajita gris” de su pesadilla; tampoco jamás fue a buscarla en el sótano. Y quizás por eso, ella había cambiado el fatal destino de su marido… Quizás…quizás aquella pesadilla había sido más que una simple pesadilla. Entonces ella pensó: << ¿Y si todo aquello fue real? ¿Si realmente mi marido falleció en Taperas y yo cambié el pasado? Pero no, eso no sucedió, pues yo no tengo la máquina del tiempo, ni vino ningún científico a visitarme… ¿O sí?...Ni nunca entregué la “cajita gris” a nadie… ¿O sí? ¡Oh, la cajita gris! ¿Dónde está la cajita gris?>>
            Y más o menos así siguió pensando por los siguientes días, en los cuales estuvo disfrutando de la vida en familia con su marido y su hijo. Durante todo aquel tiempo, en el cual había estado sin su marido, el baile había sido su casi única compañía, además de su hijo; pero ahora que su esposo había regresado, ella pensaba retirarse del baile. Y lo hizo; dejó de bailar. Estaba cansada y se sentía vieja, pero a la vez feliz, y a la vez preocupada… Había algo que la atormentada, una curiosidad insana y obsesiva que carcomía su alma… La cajita, la cajita, la cajita… A medida que los días pasaban, sólo un pensamiento ocupaba su mente: “la cajita gris”.
            Su hijo fue el primero en notar algo extraño: — ¿Qué te pasa mamá? Y ella nada respondía, a no ser: —Nada, hijito… Estoy bien, un poco cansada, es todo.
            El segundo en notarlo—unos días después—fue su marido: — ¿Qué te pasa Serafinita? Te noto un poco distraída, absorta en tus pensamientos… ¿Podría saber qué pasa en tu cabecita?—.
—Nada cariño, es sólo que retirarme del baile tal vez…no sé…
— ¿Tal vez no fue buena decisión?—preguntó él.
— ¡No! ¡Sí! ¡No lo sé!—profirió ella y se alejó de él, y se encerró en su dormitorio.
            Eso fue durante la noche, luego de la cena, cuando ambos estaban mirando una película en la sala de estar. El señor Borikj pensó en dejar de ver la película y seguirla hasta el dormitorio, para ver qué le sucedía a su mujer. ¿Acaso había dicho algo que la ofendiera? Pero luego pensó en “respetar su espacio” y dejarla pensar; <<quizás ella deba aclarar su mente>>, pensó él. Pero minutos después, mientras en la película estaban mostrando un gris elefante que se asustaba de un marrón ratón, a Kurisilvius se le ocurrió algo diferente.
            Bajó al sótano, abrió su cofre personal y subió al dormitorio, para mostrarle algo especial a su mujer. Entró con cierta precaución al dormitorio y vio a su mujer arrodillada al costado de la cama, orando. Él no la interrumpió, pero ella notó su presencia y entonces se persignó, se sentó en la cama y le dijo: —Ven, vamos a dormir, que estoy cansada.
—Tengo algo para ti—dijo él. Desguareció sus manos que estaban detrás de su espalda y le mostró a Serafina una pequeña cajita gris.
            Ella no lo podía creer. ¡Aquello era lo que le había aparecido en un sueño hacía diez años atrás, y que no había dejado de atormentarla! No sabía cómo decírselo a su marido, pero balbuceó: -Esa cajita… ¡Es la de mi sueño!—.
—Lo sé… Tú me lo contaste hace diez años, pero no te presté atención en aquel momento—dijo el hombre—Aquella madrugada, del 11 de septiembre, yo bajé al sótano, bajo la influencia de lo que me habías contado y tomé una precaución: me llevé esta cajita conmigo… A la guerra, y desde entonces, nada de malo me ha pasado.
— ¡No lo puedo creer!—exclamó ella. –Tú me escondiste eso de mí… Todos estos años y yo…estaba tan…— “desesperada”, pensó en decir, pero no lo dijo. No pudo. Algo la contuvo.
—No te preocupes más, mi amor. Ahora te la muestro y te la regalo… ¡Es tuya!—.
— ¿Qué es? ¿Qué es?—preguntó ella con ansiedad y entusiasmo.
—Es una cajita de música—le dijo él y se la entregó a sus manos. Ella la asió y la miró con sus llorosos ojos.
—Adelante, ¡ábrela!—dijo él. Y ella lo hizo. Presionó un botón que se encontraba a un lado de la cajita y así la tapa de la misma se abrió. Entonces emergió una luz y de la cajita, una bailarina salió, dando vueltas y vueltas… ¡Era una bailarina de ballet! Y se parecía mucho a ella… Era como una luz y era hermosa, brillaba en el escenario…Vio hormigas, vio nórdicos niños, vio soldados, vio valquirias, ángeles, ríos, praderas, montañas, selvas, ejércitos luminosos que opacaban la oscuridad… Y al final volvió nuevamente a ver sólo la bailarina de ballet, que giraba y giraba sin cesar.
— ¡Es hermosa!—exclamó Serafina, quien por alguna razón, se sentía muy feliz, muy jovial y con muchas fuerzas, como si volviera a ser una niña.
—Lo sé, mi amor…Algunos dicen que la felicidad está dentro de uno mismo, pero yo no lo creo así… Tú eres mi felicidad—dijo él.
—Y tú la mía…Y mi hijo, también…—acotó ella.
—Sí, él también…—.
— ¡Ya sé que haré!—exclamó Serafina. -¡Quiero bailar, bailar y bailar! ¡Bailar hasta morir!
—Entonces baila, mi amor… ¡Baila todo lo que quieras!—le concedió él.
—Sí, pero esta vez quiero que bailes conmigo… ¡No te vayas por favor! Ya no me dejes más—le exhortó ella, pues sabía que su marido debía volver al frente de batalla, en la semana siguiente.
            El hombre asintió. Se besaron. Y luego durmieron… Al día siguiente el señor Borikj fue a pedir la baja del ejército, pero no se la concedieron. “No puedes pedir retiro en guerra y si te retiras, serás acusado como desertor”, le dijeron los mandos. Entonces aprovechó su última semana con su mujer y con su hijo.
            Se divirtieron mucho y bailaron mucho… Él bailó el último vals con su mujer y después se fue a la guerra. Le dijo que algún día, podrían bailar en paz, por toda la eternidad…
—Lleva al menos, la cajita de música—suplicó ella.
—No, es tuya… Te protegerá—le dijo él.
—No creo en cosas paganas. Dios me protegerá… Llévatela tú, por favor—
            El hombre sonrió y le dijo: —Yo tampoco creo en cosas paganas.
Y se fue… Serafina pensó que sería la última vez que lo vería; ella estaba convencida de que estaba vez, su marido no podría evadir su fatal destino… Pero no fue así; él sobrevivió a la guerra y volvió tres años después. Su hijo tenía trece años y ya iba a la secundaria.
            Esa vez, el suboficial mayor Borikj había regresado para quedarse. El ejército le había dado de baja, debido a un problema pulmonar que contrajo durante una batalla en el planeta Lempaña.
            La guerra continuó, pero por lo menos Borikj ya no tuvo que luchar más en ella, y entonces, la familia Borikj vivió feliz, mudándose a una pequeña chacra en los campos elíseos de Orión, donde ellos vivieron tranquilos y en paz. Serafina, nunca dejó de bailar y ambos, luego tuvieron cuatro hijos más: un varón más y tres dulces niñas, una de las cuales, siguió la carrera de su madre, la bailarina.

FIN. 

2 comentarios:

  1. ¡Saludos! Esto me lo leí hace tiempo, y por privado te comenté, pero se me pasó poner un comentario por aquí.

    Simplemente decir que la señorita Serafina von Ninz cuenta con mis simpatías y mis respetos.

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